La vida berberecha

Viernes atardecer, acabando de cenar. Me he quedado más que saciada pero aún tengo un sorbo de vino blanco fresquito y me acuerdo: nos queda una lata, la última. Verbalizo mi osadía y J me contesta con una pregunta: "¿Cuántas latas nos quedan?". "Es la última" -sentencio yo-. Me mira dudoso pero con ojitos viciosos "¿Estas segura?." Yo digo que sí, dejándome llevar por el arrebato del momento. Abro la lata, separo cuidadosamente el caldito (¡Es que además tenemos limón y todo!) Le echo un chorro generoso del cítrico y la pimienta de colorines recién molida. Ya está.
Cojo el vaso y primero me bebo un largo trago del caldo. De repente el mar aparece en el centro de Europa, ese mar de verdad que huele a marisco y a alga con regusto a salitre. Después uno tras otro los berberechos estallan en mi boca, crujientes y un poco arenosos. Y, ¡horror!, ¡ya he llegado a la mitad del plato! Vuelve J del baño y empieza a comer y me empiezo a odiar por no haberlos saboreado más.¡Hay que ver cómo los disfruta! J adivina mis pensamientos y hace un esfuerzo: "¿Quieres?"."Vale" -me apresuro a decir- (es que es una buena persona, como le quiero). Los suyos estan más buenos y todo. Me como dos o tres pero tampoco quiero abusar... Bebo mi último trago de vino sin pensar en el mañana, una existencia si berberechos.

Es que esos molusquitos en el el centro de Europa saben mejor, empíricamente e 'in situ' comprobado. Sobre todo si lo que comes es la última lata. 

¡Salud!

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